SHUB-NIGGURATH [relato erótico lovecraftiano]

Publicado por Elena Lobos en

Estaba aturdida, acalorada. No podía sacar de mi memoria la fascinante y grotesca estatua que habíamos visto en el museo de Providencia, de camino a la cabaña. Esos ojos… Cientos de ojos… Observándome.

«Shub-Niggurath.»

— ¡Isabel!

—¿Si? —respondí con un sobresalto.

Laura me observaba con impaciencia. No parecía feliz. Extrañamente, eso en vez de preocuparme me pareció muy excitante.

—¿Qué mierda te pasa? —me increpó—. ¿Escuchaste algo de lo que te dije?

—Claro que sí, amor… —Pensé con rapidez—. La cabaña… Nuestras vacaciones juntas…

—Ya —me interrumpió con brusquedad—. Estás rara… En fin, voy a prepararme para dormir.

—Está bien —le dije, sin quitarle los ojos de encima.

Ella comenzó a desvestirse, y el calor en la habitación se hizo insoportable.

La visión de su cuerpo desnudo hizo que me asaltara un intenso deseo; un deseo que me llevó de vuelta al momento en el que la vi desnuda por primera vez. Su piel tostada resplandecía, resaltando cada una de sus delicadas curvas. Incluso los vellos rizados de su pubis parecían brillar como hebras doradas.

Un hormigueo recorrió mi cuerpo. Mis manos parecieron adormecerse. La extraña estatua que tanto me había impactado pareció quedar muy atrás. Olvidada en el pasado.

Me levanté sin pensarlo y me dirigí hacia ella como si flotara sobre el basto piso de madera

—¿Y si mejor bautizamos la cabaña, amor? —balbuceé—. Es la tradición.

La atraje con fuerza hacia mí y enterré mi rostro en su cuello, aspirando su embriagadora fragancia. La escuché soltar un suspiro. Luego la sentí apartarse con delicadeza, y me sorprendí al descubrirla mirándome con una sonrisa pícara, dispuesta a postergar el sueño.

—En serio estás rara.

Sin demora, la cogí de la cintura y la besé con brusquedad, ansiosa por saborearla. Pero ella recibió mis besos con mesura, abriendo los labios solo un poco, lo suficiente para que las puntas de nuestras lenguas se vieran obligadas a juguetear un rato.

Lentamente, la dulzura de sus besos me fue apaciguando. Mis manos abandonaron la base de su espalda y, buscando la tan ansiada satisfacción, se deslizaron hacia sus glúteos. En respuesta, Laura abrió la boca más y más, dándole paso a mi lengua codiciosa.

Por un tiempo, me entretuve saboreándola, devorándola, mientras que mis manos se deleitaban con su cuerpo de diosa. Hasta que, súbitamente, fui poseída por unas ganas incontrolables de arañarla, desgarrarla y de arrancarle la lengua.

Laura gimió de dolor al sentir el tirón, pero no me apartó. Aun así, me separé y la hice acostarse en la cama. Salté sobre ella y me senté a horcajadas sobre su vientre, sintiéndome cada vez más acalorada, y comencé a desnudarme.

Ella permanecía inmóvil, mirándome desde abajo, bebiéndose mi cuerpo con los ojos. Pero fui yo la que se empezó a sentir embriagada.

La habitación daba vueltas cuando me abalancé sobre sus menudos pechos, hambrienta y ansiosa igual que un bebé recién nacido. Mi mano derecha se escabulló entre mis muslos para acariciarle su húmeda entrepierna, haciendo que gimiera con fuerza y abriera las piernas aún más.

De inmediato bajé mi cuerpo al percibir la señal, y me quedé sin aliento al toparme con la visión de su sexo ardiente y brillante frente a mí. Pero entonces, la imagen de la grotesca escultura volvió a invadir mi mente, de forma tan vívida como si me encontrara de vuelta en el museo. Aunque en esta ocasión algo había cambiado. Un repugnante líquido negro y espeso manaba de su boca, y sus cientos de ojillos brillaban con tanta intensidad que los sentía perforarme el alma.

Sacudí la cabeza tratando de volver con Lau, y el cosquilleo comenzó a extenderse por mis extremidades. Tentáculos invisibles parecían acariciar mi cuerpo en busca de orificios por donde penetrar; y noté con estupor que mi cuerpo se empezaba a llenar del asqueroso fluido que brotaba de la diosa, haciendo que me sintiera febril e hinchada.

Sin embargo, esa extraña sensación en vez de mermar mis ansias logró intensificarlas, llevando a mi mente embotada a preguntarse si no me había atiborrado de un brebaje para la lujuria. Un débil gemido escapó de mi garganta, y caí entre las piernas de Laura guiada por un hambre que no había llegado a experimentar hasta entonces, un hambre tan irresistible que me dominaba por completo.

Mientras la degustaba, introduje mis dedos temblorosos, uno tras otro, deslizándolos lentamente por la prieta humedad de su interior. Luego, a medida que mi temperatura y la suya parecían aumentar a niveles inimaginables, comencé a deslizarlos con ardor, adentrándome cada vez más y más; imaginando que mis dedos eran cinco largas y afiladas garras con las que la estimulaba a la vez que la desgarraba.

Laura gritaba y gemía, en armonía con los quejidos de los muelles rotos de la cama, mientras me golpeaba y me presionaba la espalda con los talones. Sus uñas arañaban mi cráneo sin piedad, pero estaba tan ensimismada que apenas lo sentía.

Un repentino trueno ahogó su grito de éxtasis cuando alcanzó el orgasmo. Al mismo tiempo que mi cuerpo se encogía de dolor al sentir un fuerte calambre en el estómago.

Entonces llegó la hora. Y mientras Lau seguía gimiendo extasiada, saqué la mano de su sexo con una brusquedad ajena a mí, provocando que soltara un grito agudo.

Sintiéndome culpable, acerqué mi boca inmediatamente y la besé con suavidad. Luego cerré los ojos e introduje la lengua en su palpitante cavidad hasta que la garganta comenzó a dolerme.

Enseguida, un segundo calambre, esta vez en la boca del estómago, me provocó una arcada, y vomité en su interior todo el asqueroso líquido que Shub-Niggurath había inyectado en mi cuerpo.

Los gemidos y movimientos de Laura se renovaron y se hicieron más violentos. El nauseabundo torrente que salía de mi garganta parecía inagotable. Hasta que, finalmente, ya no me quedó nada más por expulsar; y el orgasmo más largo e intenso que le había proporcionado durante nuestra relación, terminó.

Me incorporé lentamente, sudada y temblorosa, como si acabara de superar un fuerte resfriado. Una sensación de vacío me embargaba mientras inspeccionaba las mantas buscando restos de la extraña sustancia. Pero no había nada, ni una gota.

Laura se sentó frente a mí, aún resplandeciente, y con una sonrisa atontada depositó un beso sobre mis labios resecos. Luego cerró los ojos y se acostó plácidamente sobre las mantas.

Aturdida, la observé por lo que pareció una eternidad, hasta que el cansancio me llevó a seguir sus pasos. Me acomodé a su lado rodeándola con los brazos, y el recuerdo de lo que acababa de ocurrir se fue desvaneciendo en mi memoria, en tanto que caía en un sueño profundo, vacío.

Cuando desperté, Lau había desaparecido.

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Ilustraciones de mi autoría

 

 


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Categorías: Relato

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