ARAGOG [relato corto]

Publicado por Elena Lobos en

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Mamá me había dicho que no podía comer dulces antes de irme a dormir, que me llevaría el coco si lo hacía. Eso me dijo.

Mentirosa.

El coco no era real, Rosa me lo contó. Podía comer todos los dulces que quisiera y dormir tranquilito. Solo era un cuento que se inventaron nuestros padres para que no hiciéramos todo lo divertido.

Saqué el caramelo de piña que escondía debajo de la almohada y me lo llevé a la boca. Solté una risita. Mañana le contaría mi travesura a Rosa… y me lavaría los dientes dos veces, sí. Mañana haría eso. Solo por si acaso.

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Cuando me lo terminé, me entraron los nervios. ¿Y si mamá tenía razón? ¿Y si Rosa me había mentido? El estómago empezó a dolerme y temí no pegar ojo en toda la noche, pero al final me quedé dormido. Lo sé porque algo me asustó y abrí los ojos de repente. Un chirrido. Un extraño chirrido que no paraba.

Miré a mí alrededor. Todo estaba muy oscuro pero pude ver como algo se movía. La puerta. La puerta del armario se estaba abriendo. ¡Qué tonto! ¡No la tranqué; debí haberla trancado! ¡El coco! El coco vino por mí. ¡Vino a buscarme! Era de verdad, mamá tenía razón, Rosa me engañó. ¡Me engañó!

Mis dientes castañeaban de lo mucho que temblaba, mi corazón latía con tanta fuerza que sentía como si tuviera corazones bebés en mis orejas. No podía ver. Todo estaba borroso. No podía ver lo que salía del armario. Era porque estaba llorando. Lloraba igual que Rosa cada vez que se caía de la bici. ¡Qué tonto!

Silencio. El chirrido se detuvo y aguanté la respiración.

Algo negro y largo empezó a asomarse por la puerta. Algo aterrador. Era una pata. Una pata peluda y gigante. ¡Era la pata de una araña gigante!

Intenté gritar pero mi garganta se trancó y no me dejó. Mi grito estaba atorado y yo no podía moverme. ¡Nadie vendría en mi ayuda!

La araña se acercaba. Aragog. La araña de Hagrid, la de Harry Potter. Lo sabía. No sabía cómo pero lo sabía. ¡Iba a comerme!

Mis sollozos hacían mucho ruido; no podía creer que mamá no me oyera. Algo caliente mojó mi ropa interior. Mamá se iba a molestar. Vería la cama y se enojaría. Entonces no me buscaría. No le importaría que Aragog me hubiera llevado al bosque prohibido para comerme. Quizá hasta se alegraría.

Un murmullo ―cerré los ojos con fuerza y me llevé la fina manta a la cabeza―, luego una horrible voz.

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―No debes comer dulces antes de dormir.

Gemí del susto. Era la voz más fea que había escuchado. Más fea aún que la voz de sapo del abuelo Miguel.

El colchón se hundió y solté un chillido. Aragogestaba sobre mí. Podía sentir sus peludas patas tocándome. Estaba enrollando la manta a mí alrededor; me apretaba. Algo frío presionaba mi piel, y entonces caí en la cuenta. Telaraña. Me estaba cubriendo con ella. ¡Me envolvería y luego me comería!

Me costaba respirar. El corazón se me iba a salir del pecho. La telaraña tapaba mi boca. Deseaba con todas mis fuerzas poder gritar llamando a mamá, a Harry, a Hagrid, a quien fuera…

Era el final. Aragog iba a comerme. Su aterradora voz me gritó al oído.

―¡Woof!

Grité en respuesta y mis ojos se abrieron. Una luz me encandiló. Pude sentir como Aragogabandonaba mi cama. La telaraña se soltó y por fin pude moverme. «Harry», pensé de inmediato. Harry había venido a salvarme. Casi podía verlo con su varita en alto lanzando un encantamiento. Respiré aliviado… Entonces algo pesado saltó sobre mis piernas y volví a chillar.

Era Fang. Me observaba desde arriba con la larga lengua afuera. Soltó un ladrido y yo un hondo suspiro. Pasé mi mano por su suave pelaje, agradecido.

Ya era de día. Miré hacia el armario, solo para cerciorarme, y juré que nunca volvería a comer caramelos antes de irme a dormir.

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Fuentes de la , ,  y  imagen del relato, editadas en Adobe Photoshop CS6.

Categorías: Relato

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