ESE MALDITO CIELO RASO [relato corto]

Publicado por Elena Lobos en

ESE MALDITO CIELO RASO

Yazgo tumbada sobre mi sudorosa espalda en un pegajoso sofá de cuero falso —asumo automáticamente que es falso ya que mi vulgar espalda jamás osaría ensuciar un sofá forrado en genuina epidermis—, en la apestosa casa de quién sabe quién.

Me percato de que mis hinchados ojos están fijos en el techo. Intentan en vano seguir los grotescos patrones que adornan el amarillento cielo raso. Unos patrones horribles, vulgares. Siguen caminos que no tendrían que haber seguido jamás. Se retuercen de tal forma que simulan heridas cicatrizadas en la piel reseca y hepática de una retrasada mental autoflagelante. Desafían las leyes del buen gusto y de la decencia humana. Me provocan jaqueca… y náuseas.

No. Ahora lo recuerdo… La jaqueca y las náuseas son culpa de la resaca, sí. Pero el maldito cielo raso no queda completamente impune.

Obligo a mi frágil cuello a girar hacia la derecha y el cerebro amenaza con hacerme explotar el cráneo.

«¡Alto ahí!», ruge. «¡O disparo!»

«¡Está bien, está bien! Ya lo dejo», gimoteo.

Enderezo el cuello con suma lentitud. Cierro los ojos. Necesito hacer uso de todas mis fuerzas para no volver a mirar el obsceno y desagradable techo… y para no vomitar sobre mí propio pecho.

«¿Dónde mierda estoy? ¡El dueño de este lugar de seguro es un psicópata! Un ser morboso y retorcido. Un Jeffrey Dahmer o un Charlie Sheen.»

Me levanto con dificultad, sin poder evitar prorrumpir en la familiar sarta de quejidos, gruñidos y lamentos resacosos. Las ganas de descubrir dónde carajos me encuentro son aún más fuertes que las eternas ganas de permanecer echada, haciéndome la muerta, o añorando la muerte, que viene a ser lo mismo.

Arrastro los pies descalzos por el piso color verde musgo como si fuera un zombi que llevara meses descomponiéndose y ya estuviera completamente reseco.

La cabeza me va a explotar. Necesito agua con urgencia.

Doy un paso.

Luego otro.

Y otro…

«Agua…», balbuceo mientras tanto. «Agua… Cerebro… Cere…»

Un fuerte ruido metálico surge de la habitación de al lado. Me detengo aguzando el oído. Tres latidos del corazón después, metal contra metal vuelven a chocar.

Mi embotada y aturdida mente intenta descifrar qué coño está ocurriendo. «¿Ollas? ¿Cocina? ¿Está cocinando? ¡¿Quiere cocinarme?!», pienso aterrada antes de reprenderme por imbécil.

«Nadie quiere comerte», me respondo con hastío. «Probablemente es el tipo que te cogiste anoche… o la tipa.» Me estremezco.

—Esto no puede ser la casa de una mujer —susurro, tratando de convencerme. «¿O sí?»

Ese cielo raso… Ese maldito cielo raso…

De repente siento un intenso deseo de salir huyendo. Mis ojos buscan desesperados la salida. No quiero encontrarme cara a cara con el dueño —o dueña— de ese condenado cielo raso. Quizá sea la retrasada mental autoflagelante y probablemente obesa que había visualizado antes.

Un escalofrío me recorre la columna. No obstante, me armo de valor. Alcanzo el umbral de la cocina y, muy lentamente, asomo la cabeza.

Una rata gris y enorme se encuentra degustando plácidamente los restos de espagueti dejados en una olla volcada. No parece advertir mi presencia. Dejo escapar un gemido de repulsión. ¡Este lugar es un asco! Pero entonces, una voz proveniente de mis espaldas me hace sobresaltar.

—Mamá.

El estridente chillido que sale de mi garganta consigue que la rata voltee la mirada hacia mí, impasible. Me giro muy despacio, con el corazón a mil por hora.

Una niña semidesnuda y con otra rata gorda y gris en los brazos me mira interrogante. «Rubí.»

—¿Mamá, estás drogada otra vez?

 

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Fotografía de Scott Umstattd en Unsplash editada en Adobe Photoshop CS6.

 

Categorías: Relato

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