DIEZ MINUTOS [relato corto]

Publicado por Elena Lobos en

Unos negros y penetrantes ojos me observaban fijamente a través del espejo retrovisor. De esa forma que te hace sentir desnudo.

—¿Un día atareado? —preguntó el taxista, con una voz gruesa y pausada.

—Sí —respondí secamente. Luego aparté la vista, esperando que captara la indirecta.

Y al parecer lo hizo.

Con el suave ronroneo del motor de fondo, me revolví en el asiento buscando acomodo; tratando de aliviar el dolor punzante que sentía en el coxis y luchando por mantenerme despierto.

«Diez minutos más», pensé. «Solo aguanta diez minutos.»

Fijé la vista en el cristal de la ventanilla que tenía al lado y un rostro macilento me devolvió la mirada. Me enfrasqué en una feroz lucha contra mis párpados, presenciada solamente por el imperturbable cristal. Al final gané y obligué a mis agotados ojos a mirar más allá de mí reflejo, hacia la oscura y solitaria plaza que rodeábamos lentamente.

Las hermosas fuentes y esbeltas estatuas parecían dormir plácidamente bajo el resplandor de los faroles… O quizá no, quizá no dormían, quizá nunca dormían. «¿Cómo podrían dormir bajo esas molestas luces?» Quizá solo me lo parecía porque era lo que deseaba. Dormir. Llegar rápido a casa, desnudarme, explayarme en la cama con el control remoto en el regazo, y ver una y otra y otra vez el episodio piloto de London Spy hasta quedarme dormido y soñar con Edward Holcroft.

Pero Edward tendría que esperar. Diez minutos. Él lo entendería. No era la primera vez que llegaba tarde a casa por culpa de mi condenado jefe. Me metería en la cama y él estaría allí, aguardándome, con sus penetrantes ojos sobre mí; con una sonrisa pícara en sus labios gruesos y sus largos y musculosos brazos abiertos… ansiosos por rodearme. Esos hermosos y esculturales… brazos… Ansiosos… Hermosos y…

Di un respingo. Enderecé el cuello con brusquedad y me obligué a permanecer alerta. La plaza había quedado atrás. Miré a mí alrededor y comencé a inspeccionar el interior del auto para distraerme. Sin embargo, no había mucho que ver. Todo estaba a oscuras. De vez en cuando una fugaz luz externa me permitía vislumbrar algo, pero rápidamente volvía a quedar sumido en las sombras… En esas cálidas y seductoras sombras…

Sacudí la cabeza. Mis ojos se toparon de nuevo con la penetrante mirada del taxista, observándome a través del retrovisor. Esta vez no aparté la vista.

—¿Un día atareado? —pregunté sonriendo.

—Mucho —contestó él, con esa voz gruesa y profunda que iba tan bien con sus ojos.

—Yo lincho a tu jefe si tú linchas al mío —propuse.

Él rió como si hubiera escuchado la broma más graciosa de su vida.

—Me cae bien mi jefe… Pero no tengo problemas para ocuparme del tuyo. —Sus ojos brillaron—. A cambio no pediré mucho.

—¿Y qué quieres a cambio? —pregunté con curiosidad.

—Un beso.

Esta vez fue mi turno de reír. Una sonora carcajada salió de mi garganta, pero enseguida murió. Sus brillantes ojos estaban clavados en mí. El hombre había hablado en serio.

—Un beso —repetí.

Él asintió y pude vislumbrar sus labios por primera vez. Gruesos y perfectamente delineados… como los de Edward. Abrí la boca para decir algo ingenioso, y al instante la cerré.

—¿Por qué no te sientas a mi lado? —me dijo.

Vacilé, pero luego me incorporé y me deslicé a través del espacio que había entre los asientos delanteros, con toda la gracia que pude reunir. El letargo que hasta hace poco me embargaba había desaparecido por completo.

Allí al frente todo estaba mejor iluminado. Por fin pude verlo con claridad. Su rostro tenía unas facciones casi perfectas, realzadas por esos labios gruesos y esa mirada intensa. Su nariz aguileña solo lograba que me resultara más atractivo, más llamativo. Tenía el cabello castaño, la piel clara y, gracias a Dios, el vientre plano. Muy lindo… para ser taxista.

Giró su rostro hacia mí y le sonreí con timidez. Su mirada estaba cargada de intensión y no pude evitar sonrojarme. Empecé a sentirme acalorado. Hacía frío, era de noche y el aire acondicionado estaba encendido, pero podía sentir perfectamente la abrumadora calidez que se iba acumulando en mi rostro, en mi cuerpo… y en mi regazo.

Él taxista frenó de pronto y me sobresalté. Nos encontrábamos en una oscura y solitaria calle que no reconocía. Podía escuchar los potentes latidos de mi corazón retumbando en mi pecho.

Lentamente, el hombre posó una mano sobre mi muslo izquierdo y empezó a acariciarme sin quitarme los ojos de encima. Tragué saliva ruidosamente. La atrevida mano se deslizaba hacia arriba… luego hacia abajo; de nuevo arriba y solo un poco hacia abajo. Más arriba, arriba, arriba, hacia el lugar que solo Edward podía visitar. Cuando se detuvo, aferré su mano con desesperación, queriendo detenerla y a la vez retenerla. Mi sangre inquieta había seguido su recorrido. Me estremecí.

Él se inclinó sobre mí, su mano inmovilizada por la mía, y me dio un beso suave y lento, de una brevedad incitante. Abrió la boca, yo lo imité como una mascota bien amaestrada, su aliento cálido bañó mi rostro, y aferró mi labio superior entre los suyos. Lo mordió violentamente; su mano comenzó a apretarme con fuerza. Solté un gemido ansioso y el interior del auto fue tragado súbitamente por la bruma. Solo quedó su rostro flotando frente a mí, bañado por la deslumbrante luz.

—¿Señor? —me dijo— Ya llegamos.

Me incorporé con la garganta seca, aturdido. Miré a mi alrededor. El interior de un auto, iluminado por las diminutas luces del techo, me rodeaba.

«Un taxi.»

En el momento en que el pensamiento acudió a mi memoria tomé el maletín, abrí la puerta y bajé rápidamente, evitando la mirada del hombre. Me sentía sumamente avergonzado, y todavía algo desorientado. «¿Dónde carajos estoy?» Divisé una puerta familiar al final de un angosto pasillo y me dirigí hacia allí con paso vacilante.

Necesitaba a Edward…

Necesitaba dejar atrás esta tediosa y vergonzosa noche y reencontrarme en sueños con mi Edward.

 

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Photo by Wade Lambert on Unsplash

Categorías: Relato

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