DESAPARECIDA III [relato corto]

Publicado por Elena Lobos en

Despierto tomando desesperadas bocanadas de aire. Llevo las manos a la garganta y grito de angustia. Mi cuerpo entero está magullado y adolorido, pero ni siquiera eso se compara con la horrible sensación de impotencia y desesperación.

Cuando consigo llevar aire a mis pulmones, miro con terror a mí alrededor, esperando ver la enorme silueta del Director abalanzarse de nuevo sobre mí, arrebatándome el corto minuto de descanso. Sin embargo, no lo veo, no aparece. La oscuridad que me rodea me indica que ya no estoy en la habitación de la cama roja, la de las enormes lámparas. Ahora estoy en mi hogar, a salvo. Todo ha terminado.

Intento calmarme. Inhalo y exhalo con dificultad. Comienzo a contar hasta diez; y, sin poder evitarlo, lo revivo.

«Uno…» El peso de sus rodillas sobre la cara interna de mis muslos, inmovilizándome, obligándome a permanecer abierta, completamente expuesta y dispuesta. «Dos…» Sus dedos fríos hurgando en mi interior, adentrándose hasta quebrantar los límites, hasta hacerme soltar un aullido que solo él puede escuchar. «Tres…» Sus dientes mordiendo mis senos sin piedad, desgarrando mi pálida piel. «Cuatro…» Sus manos húmedas abandonando mi entrepierna y deslizándose lentamente hasta mi cuello. «Cinco…» Su expresión mientras juega a asfixiarme una y otra y otra vez. Esa horrible expresión en su rostro mientras aprieta hasta casi arrebatarme la vida para luego soltarme y alargar mi tormento. «Seis…» Su miembro introduciéndose con violencia. «Siete…» El dolor, el dolor, el dolor. Estoy indefensa, frágil. Una muñequita rota con un disfraz destrozado y una espesa peluca rubia. Me siento morir. «Ocho…» La resignación. La vergüenza. La inescrupulosa e impasible mirada de las cámaras que capturan mi suplicio. Bajo inútilmente las manos hacia mi pecho, recojo mis piernas y comienzo a llorar. «Nueve…» Palpo mi cuello buscando la reconfortante rugosidad de mis cicatrices. Las rozo repetidamente esperando un alivio que no llega. «Diez…» Algo se mueve a mi lado.

Doy un respingo y salto de la cama hasta chocar contra la pared. La sábana se queda enrollada en mis piernas y la arrastro revelando un bulto oscuro sobre el colchón. Permanezco paralizada… Luego grito de rabia.

―¡Maldito animal! ¡Maldito, maldito, maldito!

La pequeña bestia reacciona a mis alaridos saltando hasta la alfombra y encogiéndose junto a la mesilla. La puerta se abre súbitamente.

―¿Ali? ¿Qué ocurre?

Suelto un gemido y me desplomo sobre el piso. Mi cuerpo se convulsiona con violentos sollozos. Intento hablar pero es imposible. Taena se arrodilla a mi lado y toca mi brazo. Me tenso al sentir su contacto y lloro con más fuerza.

―¿Ali? ¿Ali, nena, qué ocurre? Dime algo. ¡Háblame!

―Quiero…

―¿Qué? ¿Qué quieres, mi amor?

―Quiero que se vaya ―consigo balbucear.

―¿Qué se vaya quién? ¿De qué hablas?

―¡El perro! ¡El maldito perro! ¡Quiero que se vaya!

―Ali, cálmate. ¿Qué hizo Frodo?

―Entró a la habitación. ―Mi voz suena frágil, ajena. Una voz largo tiempo perdida, olvidada en la oscuridad de mi infancia―. Entró a la habitación y se subió a la cama. Yo cerré la puerta pero él entró. Tuve un sueño, Tani.

Estoy temblando. Apenas puedo articular las palabras y las caricias de Taena me están enloqueciendo. Me revuelvo con brusquedad y me zafo de sus manos. Me alejo de ella. Taena no hace ademán de seguirme.

―¿Soñaste con ella?

Hago un débil gesto de asentimiento.

―¿Qué soñaste?

Ahora niego con vehemencia.

―Ali, tienes que decirme qué soñaste.

―No puedo ―farfullo.

―Sí puedes. Sé que puedes. ―Taena se acerca a mí―. Esto es importante. Ya todo pasó, tú estás a salvo. Pero tienes que decirme qué soñaste… Para ayudarla.

Vuelvo a negar. No obstante, las secuelas de la pesadilla comienzan a desvanecerse, y poco a poco voy recuperando la compostura.

―Ali…

―Necesito lápiz y papel ―le digo. Tengo que hacer esto. Por ella… y por Ana. Tengo que ayudarlas―. Y agua. Tráeme agua.

Continuará…

 

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Fotografía de Gabriel Benois en Unsplash.

Categorías: Relato

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