Misericordia. Periplos, Revista de Arte y Literatura. N° 6

Publicado por Elena Lobos en

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Misericordia / @elelobos*

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¡Saludos, estimados lectores! El presente relato fue escrito especialmente para el número 6 de la revista Periplos de @EquipoCardumen. Es un placer poder colaborar en este maravilloso proyecto. Espero lo disfruten.


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MISERICORDIA

El vello grueso y solitario que brota de mi barbilla me está volviendo loca. Sé que necesito una pinza para librarme de él, pero la perspectiva de iniciar una búsqueda por toda la habitación no me resulta atractiva. Así que atrapo al diminuto vello entre mis uñas y tiro. Desafiante, se me escapa. Vuelvo a acorralarlo y vuelvo a jalar… y se vuelve a zafar. Y así y así hasta que mis intentos por extirparlo se vuelven una compulsión.

Frente a mí, la laptop me observa impaciente. El teclado sucio me llama a la vez que la página en blanco me espera, en el más completo silencio. Mi mente repite sin cesar la palabra muerte. «Muerte, muerte, muerte, muerte, ¡muerte!…» Mientras tanto, mis uñas atrapan y tiran con fuerza del resbaladizo vello, una y otra vez.

Tengo que escribir sobre la muerte, pero la escena inicial se torna esquiva. Aquella que suele llegar sin problemas no quiere hacer acto de presencia. Decido ir a buscar la pinza.

Con facilidad y de un solo tirón el vello es extirpado. Pero entonces, mis dedos regresan a la barbilla en busca de otro. Una distracción. La palabra muerte poco a poco se va desvaneciendo, solo para verse reemplazada por una mujer. Una mujer joven, sucia y abandonada, que permanece sentada junto a la carretera con la espalda apoyada en una pared y la cabeza oculta entre los brazos. Está llorando. Nadie puede ver las lágrimas que esconde, nadie, excepto yo. Yo… y la muerte. La joven lleva tanto tiempo sentada en el mismo lugar que la innombrable se fijó en ella. Era inevitable.

Al otro lado de la abarrotada avenida aguarda la madre de la inexistencia. Sus ojos negros fijos en la joven, una joven que también es madre. Tan concentrada está en su próxima víctima que no ve al niño que juega cerca de esta. Yo sí lo veo, yo lo puse ahí, junto a la calzada, expuesto al azar del desmedido tráfico. La joven apenas tiene fuerza para advertirle del peligro que corre jugando cerca del abismo.

El niño debe tener unos cinco años. Está sucio y desnutrido. Emana pobreza. No obstante, también irradia vida. El hambre que corroe sus entrañas no le impide corretear de un lado a otro, alegre. Tampoco le impide acercar su manita para limpiar las lágrimas del rostro de su querida madre, aquella que se ahoga en el abandono y el desengaño.

La muerte no se fija en aquel niño, no le interesa. Sin embargo, si este osa atravesarse en su camino, un simple empujón bastará para llevárselo con ella.

Ha llegado el momento. La innombrable atraviesa la carretera; solo tiene ojos para la desdichada joven. Traspasa automóviles y motocicletas aprovechándose de la ventaja que le otorga la incorporeidad y la inmortalidad. Consigue llegar al otro lado sin sobresaltos.

El niño juguetea de aquí para allá, y uno de sus brincos lo lleva demasiado cerca de la intrusa. El pequeño se detiene en el acto, sus ojos como platos. Se da la vuelta, confundido, y retoma su retozo.

La muerte sigue avanzando, impasible. Pero algo la hace vacilar. Se detiene y aguarda. Observa a esos otros seres, esos seres que caminan por la acera y que apenas dedican una mirada fugaz al desamparado par. Todos miran, mas ninguno se detiene. Tan solo un señor mayor se acerca para advertir al niño y preocuparse por la madre, pero al no obtener respuesta, se marcha.

Muchas personas pasan antes de que alguien más se detenga. Una mujer. Una mujer hermosa y amable. Salva al pequeño de morir atropellado, y los ojos de la desdichada madre se iluminan agradecidos, aunque de sus labios no sale agradecimiento alguno. Sus exiguas fuerzas solo le permiten llorar. Llorar y llorar hasta ahogarse en la tristeza.

La amable mujer se acerca a la joven, le habla, pero tampoco obtiene respuesta. Dirige la mirada hacia el niño y vuelve a hablarle a la abatida madre. No obstante, esta solo la mira un instante y vuelve a ocultar el rostro entre los brazos. Su otrora silencioso llanto se vuelve audible. Ni siquiera el abrumador ruido del tráfico puede acallarlo. La mujer se siente impotente, nunca antes había presenciado tanta pena.

Silenciosa e invisible, la muerte observa todo esto en la más completa calma, a la espera. Pero, ¿qué espera? ¿Una señal de la vencida? ¿Su declaración de rendición? Probablemente solo quiere sentirse deseada, bienvenida. Ella también tiene sus caprichos.

Es entonces cuando la muerte se fija en el niño. Sí, aquella inquieta e inocente criatura es lo único que evita que su madre se sumerja por completo en el dolor. Eso, quizá, es lo que la ha salvado hasta ahora. Eso, quizá, es lo único que impide que la llame a gritos.

Cuando ve cómo la mujer se marcha calle arriba, abatida, la muerte decide que ha llegado el momento de actuar. Podrá no sentirse deseada pero está segura de que no encontrará resistencia. Alarga su mano hacia la joven, ofreciéndole su misericordia… Pero entonces ocurre algo. Es ella. Ha vuelto. La mujer regresa junto a la joven, roza con su mano un cabello frágil, la acoge entre sus brazos y la separa de la pared. La ayuda a levantarse, y la guía mientras los tres se alejan de allí.

La muerte se da la vuelta, no tardará en encontrar otro ser que merezca su atención. La joven madre, por otro lado, pudo retomar el camino de la vida, pudo volver a sonreír.

Porque incluso el destino puede cambiar de rumbo… Porque los escritores también podemos mostrarnos misericordiosos.

Recuesto la espalda en el respaldo del sillón. No es una obra maestra pero tampoco lo tildaría de basura. Mis dedos regresan a la barbilla, enfrascándose en la lucha contra un vello imaginario.


Fotografía de Cherry Laithang en Unsplash.


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@elelobos (Elena Lobos)*. Ingeniera industrial con experiencia en el área de salud, seguridad y ambiente. Actualmente dedicada a su desarrollo como escritora de relatos y poemas en Steemit.

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